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martes, 6 de mayo de 2014

ANDROGINIA Y MODA

En lo que respecta al cuerpo, la androginia es únicamente "andro" y no "gina":  una aproximación ideal del cuerpo femenino al masculino, y en ningún caso al contrario. Los cuerpos masculinos no aspiran a ensanchar sus caderas y sus pechos, o a acortar su estatura. Muy al contrario, los muslos de las mujeres se recortan un poco más cada década, igual que las caderas; los pechos se aplanan, y la media de estatura de las modelos aumenta. En lugar de denominarse cuerpos andróginos, deberían llamarse cuerpos "andromorfos", "andrárquicos" o de alguna manera similar, ya que se trata de una forma más de opresión, eso sí, esta vez más sofisticada (y a la vez más brutal, pues vuelve a una contra su propia carne). Se imponen las medidas masculinas al cuerpo de la mujer: decimos que hay que "reducir", "eliminar", "acabar con" (la grasa, la celulitis, o lo que sea), y el lenguaje dietético está formado por un conjunto de referencias a la "tentación", el "sacrificio", y la culpa", con evidentes ecos judeo- cristianos (y represores, por tanto) como ya comenté en una entrada anterior sobre "El mito de la belleza", de Naomi Woolf. Esto me hace pensar en  las histéricas de Freud y Charcot, a las que se consideraba enfermas casi de nacimiento (recordemos la etimología de hysteria). Igulamente ahora, el cuerpo femenino se asume como constantemente enfermo, y por ello tiene que someterse a "tratamientos", (a veces de por vida, lo cual supone un considerable desembolso para las farmacéuticas)  para problemas que adquieren la importancia de "enfermedades", a pesar de ser casi inherentes a la propia condición femenina (la celulitis, por ejemplo, tiene una prevalencia de un 90 % entre las mujeres).   


Hemos de preguntarnos por qué ellas tuvieron que comenzar a vestir pantalones, reducir los centímetros de la cadera y de los pechos, para ser consideradas a semejanza de los individuos del otro sexo. Para quien crea que el asunto está zanjado, hoy en día está de plena actualidad debido a la auténtica plaga de "lipofobia" que encontramos. Las premisas serían las siguientes:   
1- El cuerpo femenino tiene más grasa por naturaleza (para estar sanos, en hombres de un 12 a 18 %, y en mujeres de un 16 a un 25 %).
2. La grasa es "mala" (algo que oímos constantemente en revistas, televisión, en las conversaciones cotidianas...)
En función de esto, las deducciones parecen peligrosamente sencillas: el cuerpo femenino es "malo"- por naturaleza, concluyen algunos, incluso-.

Vuelo a repetir algo que ya he dicho anteriormente, pero que creo firmemente: el feminismo ha de continuar (o empezar) por la aceptación -social- de nuestro cuerpo.



jueves, 27 de febrero de 2014

El mito de la belleza.



No podía acabar “El mito de la belleza”, de Naomi Wolf, sin hacer un pequeño comentario o reflexión acerca de la importancia de este libro en el feminismo  y lo que ha supuesto para mí, sobre todo respecto al apartado que Naomi trata bajo el epígrafe de “Hunger”. Mientras que parece que trata un tema trivial, como es la comida y el aspecto del cuerpo, creo que hay que concienciarse de que es El Tema que debería tratar el feminismo del siglo XXI, si bien es cierto que el problema va mucho más allá y habría que sondear sus raíces desde el origen de la sociedad de consumo, etcétera, etcétera. Pero lo que está claro es que esta forma relativamente nueva hasta ahora de misoginia, como es el control (de peso, sí, pero control al fin y al cabo) está causando efectos devastadores en las sociedades que, por otra parte, dicen llamase “desarrolladas” e “igualitarias”.
La palabra “compañero”, dice Naomi Wolf, se refiere en latín a la persona con la que se comparte el pan. Un compañero es un igual, alguien a mi mismo nivel…. En este sentido, las mujeres nunca han sido “compañeras” de los hombres: siempre han comido menos, peor, e incluso en lugares distintas. Puede que alguien se sorprenda cuando, por ejemplo, vea a ciertas mujeres orientales o africanas servir la comida a los hombres,  que están charlando cómodamente sentados a la mesa. Probablemente ellas comerán en la cocina las sobras cuando los demás  hayan acabado. Pero, ¿quién se asombra al ver una pareja que va a un restaurante, cuando ella pide “una ensalada y coca cola light” y él cerveza y un bistec grueso con patatas fritas? Como dice Wolf en El mito de la belleza, “hacer dieta es la esencia de la feminidad contemporánea”.
También afirma: “la salud da buena propaganda”. Efectivamente, el argumento de la salud, que cada vez está más de moda (porque una sociedad que se preocupa por “la salud” de sus mujeres está mejor considerada que la que se preocupa por “la figura” de ellas) ha sido interiorizado de tal forma que, hasta las personas más delgadas, están alertadas de los peligros de la obesidad y hacen ejercicio y cuidan sus “tentaciones” culinarias. Sí, también se hace referencia en el libro al lenguaje sectario y tan cercano a la religión de los libros y revistas de dietas: hablan de la “tentación”, de “compensar”, como si se tratara de una penitencia, del cálculo de calorías que ha sustituido al rosario….
Pero, ¿alguien que no haya sufrido un trastorno de la alimentación sabe algo acerca de lo que es exactamente? ¿Acerca de la verdadera plaga de este tipo de enfermedades que truncan la vida de jóvenes y no tan jóvenes, mayoritariamente mujeres, y que se ha incrementado exponencialmente en los últimos cincuenta años? No parece que las campañas de sensibilización hayan surtido demasiado efecto, puesto que también han aumentado de manera pasmosa (y muy triste, desde luego) las páginas de internet en las que se idealiza la delgadez y, por encimo de todo (o por debajo, pues es lo que subyace a este afán de la delgadez femenina), el control del cuerpo femenino. Control no solo del apetito, sino también de las proporciones, del tamaño que ocupan los cuerpos, y sobre todo control de la sexualidad y de la capacidad de reproducción (no olvidemos que las personas con anorexia sufren amenorrea, supresión de la libido, e incluso anhedonia y rigidez emocional, dado el tremendo grado de ascetismo). Por el contrario, no hay páginas donde se idealice la obesidad, incluso cuando los riesgos de la desnutrición son tan reales como los de la obesidad, y mayores que los del sobrepeso, sino que hay un verdadero odio y terror a la gordura, (o misolipia, como se me ha ocurrido llamarlo, y que es, literalmente, odio a la grasa). Esto, cómo no, revestido de una pátina de salud y bienestar, cuando realmente tan solo un pequeño porcentaje de las mujeres que dicen estar preocupadas por su peso (muchas, desde luego) tienen realmente, es decir, médicamente, sobrepeso u obesidad.
Nos podemos preguntar, entonces: ¿cómo hemos llegado a tener un ideal de belleza femenina que se define, precisamente, por la ausencia de feminidad? Ausencia de caderas, ausencia de vientre, ausencia de pechos caídos, celulitis, estrías… Elementos -¿casualidad?- que conectan directamente con la sexualidad y reproducción femenina. El porqué de este cambio, no voy a entrar a debatirlo (eso sería otra historia). Sólo decir que -¿coincidencia otra vez?- este cambio en el ideal femenino comenzó aproximadamente en la época en que a nuestras antepasadas les concedían el voto y comenzaban a trabajar “como los hombres”.

Me gustaría acabar con un par de citas del Mito de la belleza (la traducción es mía):
“Para mantener el hambre cuando hay comida disponible, como las mujeres occidentales hacen,  hay que someterse a un estado de vida tan poco natural… algo a lo que ninguna especie ha llegado todavía. Es más extraño que el canibalismo.”


“Cuando una mujer moderna es bendecida con un cuerpo que puede moverse, correr, bailar,  jugar, y llevarla al orgasmo; con pechos libres de cáncer, un útero sano, una vida el doble de larga que la media de la mujer victoriana (…) con alimentos de sobra (…)ahora que tiene el regalo de la salud y el bienestar más allá de lo que cualquier generación de mujeres hubiera podido esperar- la Edad de la Cirugía deshace su inmensa fortuna (…) enseñándola a experimentar una bendición para toda la vida como una maldición de por vida.”


Para los que crean que el feminismo está obsoleto en el siglo XXI (y también para los que no), lean a Naomi Wolf, y piensen.


Fotografía: Jerry Cooke. Ohio, 1946

jueves, 29 de noviembre de 2012

LA NIÑA SALVAJE






Palpada hasta el desgaste. Como su piel.
Como una foto de sí misma.
Un ancla
atada
a una silla.


Entumecida en la boca saturada de saliva,
y con manos arrugadas de antepasados remotos.

Entumecida y fría al despertar,
antes,
cuando el sueño REM le inmoviliza el cuerpo.

                                         Vídeo de Genie, la niña salvaje





domingo, 25 de noviembre de 2012

SOBRE EL DERECHO Y EL DEBER DE QUEJARSE






Los gobiernos adoran a la gente que no se queja, a esas Masas silentes en las que es fácil colocar todo tipo de frases en su boca. Es un concepto muy americano el de sonreír a pesar de las circunstancias: sonríe aunque tengas cáncer (¡puede ser una oportunidad para renacer a una nueva vida!), sonríe aunque te despidan del trabajo y, sobre todo, da gracias, porque podría ser peor (y, en el fondo, si Dios lo ha querido así, será por algo). Es un concepto tan cristiano que parece mentira que lo tengamos asociado a la cultura occidental moderna: controla tus necesidades, tu cuerpo, para fortalecer el espíritu. El pensamiento positivo viene a ser una especie de obligación más que una opción, especialmente en Estados Unidos y, concretamente, en las empresas privadas, en las que a más de uno despiden por no tener una actitud positiva en el equipo de trabajo. Frases como que el dolor se acaba con más trabajo, la infinidad de dietas milagro para hacer desaparecer los michelines, la instigación a cambiar de coche, de color de pelo, de vida, son en el fondo, la herencia del ascetismo religioso y, por otro lado, la ocasión perfecta para que el capitalismo tenga un nicho en el que prosperar: esa necesidad de actividad constante, de productividad, de cambio, y de expansión (casi) exclusivamente personal.
Nadie se ha preguntado si no sería mejor dejar de mirarnos el ombligo, puesto que la filosofía del pensamiento positivo elude los problemas sociales para centrarse en el individuo, porque considera que “no sirve para nada intentar cambiar las circunstancias, y además, sale caro”(Seligman).
Sea cual sea el sistema que nos gobierne, hay que quejarse, permanecer escépticos, gritar cuando las cosas no marchen como debieran. La imaginación al poder es un dicho absurdo: la imaginación ha de estar contra el poder, y el arte no será ciencia.

Referencias:
-Bárbara Ehrenreich: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo