viernes, 16 de noviembre de 2012

Encuentro con Ana Gorría



Ana Gorría habla de Emily Dickinson y no solo su poesía hace pensar en ella. Parece su hermana que hubiera regresado y hubiera aparecido en Madrid, siglo veintiuno. No pretende gustar, ni vender, no tiene necesidad de maquillaje y ropa vistosa: tiene su poesía como carta de presentación y como toda excusa. Su palidez y sus ojos negros le bastan, igual que un mito decimonónico, que confirma la regla de que los buenos poetas son melancólicos.
Ana se transforma leyendo Araña, el poemario cuidadosamente encuadernado, riguroso y límpido, como su poesía, que da en el blanco preciso. El otro día en clase hablábamos del concepto de punctum de Roland Barthes. Pues bien: Ana me ha punzado. Como si, después de saturarse la cabeza de información y lectura a lo largo del día, de repente encontrara una luz, y cobraran sentido todos los silencios, los espacios, las pausas.
Mientras Ana lee en voz alta me pregunto por su melancolía, por la languidez de su habla, y esas sombras bajo los párpados. Podría parecer que se pierde en más oscuridad, en pozos más hondos, pero a mí me parece que destella luz, proyectos y mucha vida. Que, como dice la cita de Blade Runner en su poema Tela de araña, La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo.